Con las manos en los bolsillos del saco, la ansiedad reinando y la mirada impaciente, un tipo con una interrogante buscaba una respuesta de carne y hueso entre la gente que se amontonaba en el aeropuerto. Él la esperaba a ella, pues habían acordado una hora y una fecha en la que ambos apostarían todo por un sueño.
Un poco preocupado mira
su reloj, acaban de dar las diez de la noche, es la hora que eligió el destino
para juntarlos, es la hora del juicio final de los corazones desamparados. Ella
le había prometido que llegaría y él había decidido creerle. Con cada mujer
joven que se asomaba entre los pasajeros que descendían del avión, una chispa
de luz se encendía en su alma; en cada risa femenina que corría galopando el viento hacia sus oídos, creía
encontrarla. La ilusión se deshacía etérea porque ni una de esas señales le
traía lo esperado. El tic-tac del reloj
le parecía una bomba a la inversa que con cada minuto sumado traería la
explosión definitiva de una historia de amor que pudo comenzar una noche de
verano en los pasillos de un aeropuerto. La ansiedad se tornaba monstruosa, más
grande e incontenible, pero su alma luchaba con el temple de los soñadores
curtidos.
Se habían conocido
separados, a través de la cercanía que permite el internet y las llamadas de
larga distancia. Ella vivía en otro país, pero esa infortuna no había podido
detener al corazón que persigue sus propias razones y no conoce de kilómetros
ni fronteras. Primero fueron amigos por internet y se habían confesado casi de todo, debido a
la confianza que les dio pertenecer a realidades distintas, a la seguridad de
que nadie haría nada en perjuicio del otro porque no tenía sentido. Después
habían decidió ser algo más que amigos, pero no una pareja oficial aunque
estaban enamorados, y ese pequeño juego en la distancia hizo su revolución
hasta convertirse en una necesidad del cuerpo.
Para tratar de controlar
los anhelos del corazón comenzaron las llamadas de larga distancia, aquellas
que calmaban la estampida de sentimientos y deseos que corrían en todas las
direcciones aplastando la calma cuando ya no parecía suficiente conversar por
internet. Tras saciar con las llamadas la necesidad del oído, le siguieron los
envíos de fotos, donde ambos se
contemplaban cuando querían saciar la necesidad de los ojos, pero los
humanos poseen más sentidos y estos con el tiempo reclamaban su parte. El
olfato quería respirar sus perfumes, las manos querían tocar las texturas de
sus seres y los labios querían saber a qué sabe el amor. Así pasaron dos años y
había llegado el momento de comprobar si tanta magia podía ser real, si tanto
amor pasaría a ser algo más que códigos binarios transmutados en grafías,
pixeles y pulsiones electromagnéticas.
Se habían citado en el
aeropuerto. Ella que era la que tenía mayores recursos económicos había
decidido venir y él le había prometido esperarla, ambos sacrificaban la
seguridad que les prodigaba ese amor mediocre que poseían, por la búsqueda de
una amor elevado, un amor real.
El reloj daba las once
de la noche y ya no quedaban personas en el aeropuerto. La ilusión en su alma
se apagaba y se encendía lentamente una tristeza que comenzaba a crecer como el
fuego, abrasando de a pocos las esperanzas de un sueño que se tornaba
lentamente ridículo porque ella no llegaba.
Cansado al fin decidió
retirarse, caminó hacia la salida, sentía como si le pesara el alma y por eso
andaba despacio. Miraba su reloj por última vez, por inercia, mientras pensaba
en lo estúpido que había sido, en que ese tipo de amores sólo se daban en las
novelas y en las vidas de las personas que no compartían su mala fortuna en el
amor, cuando de pronto se rompió el silencio, oyó su nombre hacer eco en los
pasillos vacios del lugar, y volteó rápidamente para atrapar en sus ojos la
imagen de la mujer que había llegado una hora tarde, por culpa de un mal entendido
que a él ya no le importaba. Ella estaba allí y lo miraba como él a ella, como
si se conocieran de toda la vida, a pesar de que esa era la primera vez que se
veían.