Se fue de su casa a los veinte
años, cansado de que su madre y su padre lo atosigasen todo el día pidiéndole que
salga de su habitación, exigiéndole que dejara el bendito computador porque,
según ellos, eso no era vida, pues no podía ser posible que estuviera pegado a
la dichosa máquina tantas horas. Así que antes de mudarse para siempre de su irritable
hogar, Jorge trabajó con mucho sacrificio y pocas ganas en una tienda de comida
rápida. Ahorró lo suficiente para pagar los primeros seis meses de arriendo de una
pequeña habitación con baño, ubicada en la azotea de un edificio.
Y tras doce meses de atender a los clientes, limpiar los suelos, las mezas, los
inodoros y las fuentes de comida, renunció.
Lo primero que hizo al
establecerse en su nuevo hogar fue comprarse una computadora. No necesitó pagar
el Internet puesto que éste estaba incluido en el precio del alquiler. El
dinero que le sobraba lo racionó para la comida de las semanas siguientes. Por
otro lado, su habitación ya venía con lo indispensable: un televisor que veía
pocas veces, una mesita circular con dos sillas, una vieja cómoda de madera y
una cama con un colchón demasiado duro para su gusto. Además, había una enorme
ventana cuadrada que daba a la avenida principal de donde le gustaba mirar a la
gente que iba y venía sumergida en su rutina diaria.
Los primeros meses para Jorge fueron los más
difíciles, tuvo que adaptarse gradualmente a su nueva realidad. Decidió
aprender un oficio por Internet que le permitiera en lo posible no salir de su
habitación y ganar lo necesario para seguir viviendo a su gusto. Se pasaba todo
el día leyendo tutoriales en su
computadora sobre los últimos softwares
de diseño gráfico, le costó apenas cinco meses dominar a la perfección la
mayoría de los programas involucrados. Desde las redes sociales comenzó a
buscar clientes, ofreciéndoles diseños para sus websites, banners publicitarios
y tarjetas personales. Su primer
trabajo le llegó justo a tiempo cuando estaba por vencerse el último mes de
arriendo y no le quedaba casi nada del dinero que había ahorrado.
Con
el transcurrir de los meses Jorge acumuló una cartera de clientes fieles con quienes no era
necesario encontrarse para cumplir con
sus encargos. Así que decidió abrir una cuenta en el banco y desde su
computadora realizaba todos sus movimientos financieros y laborales. Cualquier
consulta la daba a través de su teléfono celular. Asimismo, empezó a comprar
ropa, comida, electrodomésticos y hasta víveres de aseo personal por Internet.
Aquello que había iniciado como una búsqueda de libertad degeneró en un auto-enclaustramiento
inconsciente. De a pocos y sin darse cuenta, como a quien sorprende la lluvia,
Jorge acabó empapado de una misantropía
degenerativa, sui géneris, que lo aislaba cada día más de la sociedad, pero que
al mismo tiempo lo mantenía conectado a ella a través de las redes sociales.
Salía remotamente, a penas para lo indispensable: ir al médico y cumplir con su
deber cívico de votar, entre otros asuntos análogos e ineludibles. Las únicas
personas que llamaban a su puerta eran los repartidores que le traían sus
pedidos y la dueña de la casa que venía puntual todos los meses a cobrar el
arriendo.
La única vez en que Jorge se
aventuró a salir de su guarida fue por una mujer, su nombre era Lucía. El azar
los había hecho coincidir en un foro por Internet en donde se debatían hábitos
atípicos. Todos escribían sus opiniones o contaban sus experiencias, y los dos habían concluido que lo que se hacía realmente en ese foro era explotar el
morbo de las personas más que otra cosa. Fue así como se inició una
conversación aparte entre ellos: primero en el foro y después por teléfono
celular. En su primera llamada ambos se explicaron las razones del porqué
estaban participando de aquel debate. Jorge le contó que le preocupaba mucho su
prolongada soledad, su falta de amigos y su crónico hermetismo con los
demás. Lucia, en cambio, no se atrevía a decir sus razones; sin embargo, debido
a la insistencia de Jorge, confesó: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que
siento una imperiosa necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes,
de probarlos a todos”. Revelación con la cual su interlocutor quedó colorado y
mudo. Fue gracias a la risa de Lucía – “un poco similar a la de las brujas del
cine”, pensó Jorge- que se rompió el silencio y todo volvió a su cauce. La
conversación viró a otro tipo de asuntos, pero Jorge no podía sacar de su
cabeza aquellas palabras subidas de tono que nunca le hubiera imaginado a una
mujer, aunque lo cierto era que no había conocido a muchas.
Con el tiempo aumentaron las
llamadas entre Jorge y Lucía. Ella le había prometido a él que lo ayudaría a
salir de su encierro y él le había dicho, no sin malicia, que si ella
quería podría ayudarla también con su problema. A lo cual Lucía había
respondido con un coqueto “ya veremos”. Aunque todo parecía ir muy bien para
Jorge, una inquietud empañaba su felicidad. Notó un poco extrañado que Lucia -salvo
su confesión- nunca hablaba demasiado de
ella, de su vida, a lo mucho le había contado que sus padres vivían en el
extranjero y le mandaban mensualmente lo necesario de dinero para que pudiera
estar tranquila. Jorge recordaba que la mayoría de las veces era él quien
respondía a todas las preguntas de ella. ¿Qué edad tienes? / Veintidós ¿Y tú? /
La misma. ¿Vives solo? / Sí. / ¿Y tus padres?/ No los veo hace mucho, me llaman
de vez en cuando / ¿Les has hablado de mí? / No, Lucia. / No les hables de mí todavía.
/ Está bien. / ¿Quieres conocerme en persona? / Me encantaría, Lucía, por ti
saldría de mi zona de confort. / Mira, Jorge, te invito esta noche a comer a mi casa, así
nos podremos conocer, ya verás que nos divertiremos ¿Te parece? / Por supuesto,
estaré ahí. /Bien, te mandaré la dirección en un mensaje de texto, buenas
noches, Jorge. / Buenas noches, Lucia. Aquella confirmación de la cita había sido
la última pregunta que había respondido Jorge antes de verla, estaba seguro que
todas sus dudas se aclararían al tenerla en frente.
Era una casa antigua de dos
pisos pero bien conservada, con un jardín mediano y algunos árboles, cercada
por una tapia y una puerta doble de hierro, ubicada en un barrio tranquilo en una zona
de clase media. La casa parecía vacía, en las ventanas se podía ver que las
luces estaban apagadas. Jorge esperó que el reloj diera las ocho de la noche
–había llegado diez minutos antes pero no quería dar la impresión de estar
impaciente-. Cuando su reloj pulsera marcó la hora acordada tocó el timbre.
Lucía se asomó a la puerta de su casa, atravesó el jardín, llegó a la puerta doble de
hierro que daba a la calle y la abrió con su llave. Se miraron mutuamente por
unos segundos sin decir nada. Lucia le sonrió y lo besó en la mejilla. “Pasa, por favor”, le dijo ella. “Gracias”, contestó Jorge, quien después de ingresar
miró extrañado que Lucía volvía a cerrar la puerta con llave. “Es por
seguridad, por aquí hay muchos robos”, se adelantó a decir ella. Caminaron por
el jardín hasta la puerta principal de la casa, atravesaron un pasillo que tenía tres puertas de madera cerradas en la pared del lado izquierdo, cruzaron el recibidor y continuaron
hasta llegar a la sala-comedor.
Jorge había llevado un vino
borgoña y se lo entregó a Lucia, ella se lo agradeció y le pidió que se sentara
a la mesa. Al instante, Lucía entró a la cocina y salió con un sólo un plato de
comida entre sus manos. Jorge le preguntó si no pensaba comer con él, a lo que
ella contestó que había estado desde ayer con nauseas y dolor de estomago, pero
que no quería arruinar la oportunidad de conocerse mejor. Lucía le rogó que
comiera todo mientras ella iba a su habitación a cambiarse de ropa por otra más
cómoda. Antes de que Jorge la viera perderse en la oscuridad del pasillo, ella le
mandó un beso volado.
Cuando Jorge terminó de comer se levantó de la mesa y llamó a Lucía, ella no contestaba. Caminó hacia el
pasillo buscando a su anfitriona y vio que una de las tres puertas, la del
medio, estaba entre abierta. Mientras se aproximaba a esa puerta sintió un leve
vértigo que le hizo perder el equilibrio - "¿Qué me está pasando?", pensó -. Sin
embargo, más pudo su curiosidad que aquella preocupación por esa extraña
vacilación de su cuerpo. Cuando abrió por completo la puerta entornada, un olor
desagradable y descompuesto le pegó en todo el rostro.
La luz de aquella habitación estaba
apagada, así que desde el umbral de la puerta
y sin ingresar por completo, Jorge buscó a tientas en la oscuridad el
interruptor que estaba al lado izquierdo de la pared. Cuando todo se iluminó, quedó
perplejo al ver dentro de aquella habitación, tirados en el suelo; los cuerpos
mutilados y sin vida de tres hombres jóvenes, y parada detrás de ellos a Lucía,
con la boca y las manos ensangrentadas. Entonces de golpe lo comprendió
todo: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que siento una imperiosa
necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes, de probarlos a
todos”. El horror y el asco le ciñeron el corazón. Trató de correr hacia la
puerta que daba al jardín pero tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Sentía
que le faltaba el oxigeno, que iba a desmayarse en cualquier momento. “¡Maldita
sea! ¡La comida estaba envenenada! ¡Envenenada! ¡Dios mío!”, pensó desesperado,
mientras luchaba con todas sus fuerzas para levantarse, para mover alguna de
sus anquilosadas articulaciones.
Lucía que hasta ese entonces
había permanecido quieta se acuclilló por un instante sobre uno de los cuerpos
inertes y cuando volvió a erguirse llevaba en su mano diestra un cuchillo de
plata que goteaba sangre. Limpió la hoja en su vestido y empezó a caminar sin
apuro hacia donde estaba su nueva víctima, que a duras penas había conseguido
levantarse del suelo y ahora se apoyaba en la pared del pasillo. Antes de
desplomarse de cara al suelo por segunda vez, Jorge sólo pudo dar tres pasos en dirección a la
puerta principal que daba al jardín. Y a pesar de que ya no sentía nada ni el puñal que entraba y salía de su espalda una y otra vez arrancándole de pocos el alma, sus ojos seguían abiertos, brillaban con coraje, no se rendían, luchaban deseando que ese no fuera el
final, deseando que su vida hubiese sido de otra manera y no terminara así, con esa
última cena.
