sábado, 10 de enero de 2015

EL FINAL DE LA ESPERA

                                                                                   A Lucila, la mujer que jamás conocí.


Con las manos en los bolsillos del saco, la ansiedad reinando y la mirada impaciente, un tipo con una interrogante buscaba una respuesta de carne y hueso entre la gente que se amontonaba en el aeropuerto. Él la esperaba a ella, pues habían acordado una hora y una fecha en la que ambos apostarían todo por un sueño.

Un poco preocupado mira su reloj, acaban de dar las diez de la noche, es la hora que eligió el destino para juntarlos, es la hora del juicio final de los corazones desamparados. Ella le había prometido que llegaría y él había decidido creerle. Con cada mujer joven que se asomaba entre los pasajeros que descendían del avión, una chispa de luz se encendía en su alma; en cada risa femenina que corría  galopando el viento hacia sus oídos, creía encontrarla. La ilusión se deshacía etérea porque ni una de esas señales le traía lo esperado.  El tic-tac del reloj le parecía una bomba a la inversa que con cada minuto sumado traería la explosión definitiva de una historia de amor que pudo comenzar una noche de verano en los pasillos de un aeropuerto. La ansiedad se tornaba monstruosa, más grande e incontenible, pero su alma luchaba con el temple de los soñadores curtidos.

Se habían conocido separados, a través de la cercanía que permite el internet y las llamadas de larga distancia. Ella vivía en otro país, pero esa infortuna no había podido detener al corazón que persigue sus propias razones y no conoce de kilómetros ni fronteras. Primero fueron amigos por internet  y se habían confesado casi de todo, debido a la confianza que les dio pertenecer a realidades distintas, a la seguridad de que nadie haría nada en perjuicio del otro porque no tenía sentido. Después habían decidió ser algo más que amigos, pero no una pareja oficial aunque estaban enamorados, y ese pequeño juego en la distancia hizo su revolución hasta convertirse en una necesidad del cuerpo.

Para tratar de controlar los anhelos del corazón comenzaron las llamadas de larga distancia, aquellas que calmaban la estampida de sentimientos y deseos que corrían en todas las direcciones aplastando la calma cuando ya no parecía suficiente conversar por internet. Tras saciar con las llamadas la necesidad del oído, le siguieron los envíos de fotos, donde ambos se  contemplaban cuando querían saciar la necesidad de los ojos, pero los humanos poseen más sentidos y estos con el tiempo reclamaban su parte. El olfato quería respirar sus perfumes, las manos querían tocar las texturas de sus seres y los labios querían saber a qué sabe el amor. Así pasaron dos años y había llegado el momento de comprobar si tanta magia podía ser real, si tanto amor pasaría a ser algo más que códigos binarios transmutados en grafías, pixeles y pulsiones electromagnéticas.

Se habían citado en el aeropuerto. Ella que era la que tenía mayores recursos económicos había decidido venir y él le había prometido esperarla, ambos sacrificaban la seguridad que les prodigaba ese amor mediocre que poseían, por la búsqueda de una amor elevado, un amor real.

El reloj daba las once de la noche y ya no quedaban personas en el aeropuerto. La ilusión en su alma se apagaba y se encendía lentamente una tristeza que comenzaba a crecer como el fuego, abrasando de a pocos las esperanzas de un sueño que se tornaba lentamente ridículo porque ella no llegaba.

Cansado al fin decidió retirarse, caminó hacia la salida, sentía como si le pesara el alma y por eso andaba despacio. Miraba su reloj por última vez, por inercia, mientras pensaba en lo estúpido que había sido, en que ese tipo de amores sólo se daban en las novelas y en las vidas de las personas que no compartían su mala fortuna en el amor, cuando de pronto se rompió el silencio, oyó su nombre hacer eco en los pasillos vacios del lugar, y volteó rápidamente para atrapar en sus ojos la imagen de la mujer que había llegado una hora tarde, por culpa de un mal entendido que a él ya no le importaba. Ella estaba allí y lo miraba como él a ella, como si se conocieran de toda la vida, a pesar de que esa era la primera vez que se veían.




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