sábado, 17 de septiembre de 2016

LA ÚLTIMA CENA





Se fue de su casa a los veinte años, cansado de que su madre y su padre lo atosigasen todo el día pidiéndole que salga de su habitación, exigiéndole que dejara el bendito computador porque, según ellos, eso no era vida, pues no podía ser posible que estuviera pegado a la dichosa máquina tantas horas. Así que antes de mudarse para siempre de su irritable hogar, Jorge trabajó con mucho sacrificio y pocas ganas en una tienda de comida rápida. Ahorró lo suficiente para pagar los primeros seis meses de arriendo de una pequeña habitación con baño, ubicada en la azotea de un edificio. Y tras doce meses de atender a los clientes, limpiar los suelos, las mezas, los inodoros y las fuentes de comida, renunció. 

Lo primero que hizo al establecerse en su nuevo hogar fue comprarse una computadora. No necesitó pagar el Internet puesto que éste estaba incluido en el precio del alquiler. El dinero que le sobraba lo racionó para la comida de las semanas siguientes. Por otro lado, su habitación ya venía con lo indispensable: un televisor que veía pocas veces, una mesita circular con dos sillas, una vieja cómoda de madera y una cama con un colchón demasiado duro para su gusto. Además, había una enorme ventana cuadrada que daba a la avenida principal de donde le gustaba mirar a la gente que iba y venía sumergida en su rutina diaria.

Los primeros meses para Jorge fueron los más difíciles, tuvo que adaptarse gradualmente a su nueva realidad. Decidió aprender un oficio por Internet que le permitiera en lo posible no salir de su habitación y ganar lo necesario para seguir viviendo a su gusto. Se pasaba todo el día leyendo tutoriales en su computadora sobre los últimos softwares de diseño gráfico, le costó apenas cinco meses dominar a la perfección la mayoría de los programas involucrados. Desde las redes sociales comenzó a buscar clientes, ofreciéndoles diseños para sus websites, banners publicitariostarjetas personales. Su primer trabajo le llegó justo a tiempo cuando estaba por vencerse el último mes de arriendo y no le quedaba casi nada del dinero que había ahorrado. 

Con el transcurrir de los meses Jorge acumuló una cartera de clientes fieles con quienes no era necesario  encontrarse para cumplir con sus encargos. Así que decidió abrir una cuenta en el banco y desde su computadora realizaba todos sus movimientos financieros y laborales. Cualquier consulta la daba a través de su teléfono celular. Asimismo, empezó a comprar ropa, comida, electrodomésticos y hasta víveres de aseo personal por Internet. Aquello que había iniciado como una búsqueda de libertad degeneró en un auto-enclaustramiento inconsciente. De a pocos y sin darse cuenta, como a quien sorprende la lluvia, Jorge  acabó empapado de una misantropía degenerativa, sui géneris, que lo aislaba cada día más de la sociedad, pero que al mismo tiempo lo mantenía conectado a ella a través de las redes sociales. Salía remotamente, a penas para lo indispensable: ir al médico y cumplir con su deber cívico de votar, entre otros asuntos análogos e ineludibles. Las únicas personas que llamaban a su puerta eran los repartidores que le traían sus pedidos y la dueña de la casa que venía puntual todos los meses a cobrar el arriendo.

La única vez en que Jorge se aventuró a salir de su guarida fue por una mujer, su nombre era Lucía. El azar los había hecho coincidir en un foro por Internet en donde se debatían hábitos atípicos. Todos escribían sus opiniones o contaban sus experiencias, y los dos habían concluido que lo que se hacía realmente en ese foro era explotar el morbo de las personas más que otra cosa. Fue así como se inició una conversación aparte entre ellos: primero en el foro y después por teléfono celular. En su primera llamada ambos se explicaron las razones del porqué estaban participando de aquel debate. Jorge le contó que le preocupaba mucho su prolongada soledad, su falta de amigos y su crónico hermetismo con los demás. Lucia, en cambio, no se atrevía a decir sus razones; sin embargo, debido a la insistencia de Jorge, confesó: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que siento una imperiosa necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes, de probarlos a todos”. Revelación con la cual su interlocutor quedó colorado y mudo. Fue gracias a la risa de Lucía – “un poco similar a la de las brujas del cine”, pensó Jorge- que se rompió el silencio y todo volvió a su cauce. La conversación viró a otro tipo de asuntos, pero Jorge no podía sacar de su cabeza aquellas palabras subidas de tono que nunca le hubiera imaginado a una mujer, aunque lo cierto era que no había conocido a muchas.

Con el tiempo aumentaron las llamadas entre Jorge y Lucía. Ella le había prometido a él que lo ayudaría a salir de su encierro y él le había dicho, no sin malicia, que si ella quería podría ayudarla también con su problema. A lo cual Lucía había respondido con un coqueto “ya veremos”. Aunque todo parecía ir muy bien para Jorge, una inquietud empañaba su felicidad. Notó un poco extrañado que Lucia -salvo su confesión-  nunca hablaba demasiado de ella, de su vida, a lo mucho le había contado que sus padres vivían en el extranjero y le mandaban mensualmente lo necesario de dinero para que pudiera estar tranquila. Jorge recordaba que la mayoría de las veces era él quien respondía a todas las preguntas de ella. ¿Qué edad tienes? / Veintidós ¿Y tú? / La misma. ¿Vives solo? / Sí. / ¿Y tus padres?/ No los veo hace mucho, me llaman de vez en cuando / ¿Les has hablado de mí? / No, Lucia. / No les hables de mí todavía. / Está bien. / ¿Quieres conocerme en persona? / Me encantaría, Lucía, por ti saldría de mi zona de confort. / Mira, Jorge, te invito esta noche a comer a mi casa, así nos podremos conocer, ya verás que nos divertiremos ¿Te parece? / Por supuesto, estaré ahí. /Bien, te mandaré la dirección en un mensaje de texto, buenas noches, Jorge. / Buenas noches, Lucia. Aquella confirmación de la cita había sido la última pregunta que había respondido Jorge antes de verla, estaba seguro que todas sus dudas se aclararían al tenerla en frente.  

Era una casa antigua de dos pisos pero bien conservada, con un jardín mediano y algunos árboles, cercada por una tapia y una puerta doble de hierro, ubicada en un barrio tranquilo en una zona de clase media. La casa parecía vacía, en las ventanas se podía ver que las luces estaban apagadas. Jorge esperó que el reloj diera las ocho de la noche –había llegado diez minutos antes pero no quería dar la impresión de estar impaciente-. Cuando su reloj pulsera marcó la hora acordada tocó el timbre. Lucía se asomó a la puerta de su casa, atravesó el jardín, llegó a la puerta doble de hierro que daba a la calle y la abrió con su llave. Se miraron mutuamente por unos segundos sin decir nada. Lucia le sonrió y lo besó en la mejilla. “Pasa, por favor”, le dijo ella. “Gracias”, contestó Jorge, quien después de ingresar miró extrañado que Lucía volvía a cerrar la puerta con llave. “Es por seguridad, por aquí hay muchos robos”, se adelantó a decir ella. Caminaron por el jardín hasta la puerta principal de la casa, atravesaron un pasillo que tenía tres puertas de madera cerradas en la pared del lado izquierdo, cruzaron el recibidor y continuaron hasta llegar a la sala-comedor.   

Jorge había llevado un vino borgoña y se lo entregó a Lucia, ella se lo agradeció y le pidió que se sentara a la mesa. Al instante, Lucía entró a la cocina y salió con un sólo un plato de comida entre sus manos. Jorge le preguntó si no pensaba comer con él, a lo que ella contestó que había estado desde ayer con nauseas y dolor de estomago, pero que no quería arruinar la oportunidad de conocerse mejor. Lucía le rogó que comiera todo mientras ella iba a su habitación a cambiarse de ropa por otra más cómoda. Antes de que Jorge la viera perderse en la oscuridad del pasillo, ella le mandó un beso volado.

Cuando Jorge terminó de comer se levantó de la mesa y llamó a Lucía, ella no contestaba. Caminó hacia el pasillo buscando a su anfitriona y vio que una de las tres puertas, la del medio, estaba entre abierta. Mientras se aproximaba a esa puerta sintió un leve vértigo que le hizo perder el equilibrio - "¿Qué me está pasando?", pensó -. Sin embargo, más pudo su curiosidad que aquella preocupación por esa extraña vacilación de su cuerpo. Cuando abrió por completo la puerta entornada, un olor desagradable y descompuesto le pegó en todo el rostro.

La luz de aquella habitación estaba apagada, así que desde el umbral de la puerta  y sin ingresar por completo, Jorge buscó a tientas en la oscuridad el interruptor que estaba al lado izquierdo de la pared. Cuando todo se iluminó, quedó perplejo al ver dentro de aquella habitación, tirados en el suelo; los cuerpos mutilados y sin vida de tres hombres jóvenes, y parada detrás de ellos a Lucía, con la boca y las manos ensangrentadas. Entonces de golpe lo comprendió todo: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que siento una imperiosa necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes, de probarlos a todos”. El horror y el asco le ciñeron el corazón. Trató de correr hacia la puerta que daba al jardín pero tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Sentía que le faltaba el oxigeno, que iba a desmayarse en cualquier momento. “¡Maldita sea! ¡La comida estaba envenenada! ¡Envenenada! ¡Dios mío!”, pensó desesperado, mientras luchaba con todas sus fuerzas para levantarse, para mover alguna de sus anquilosadas articulaciones.

Lucía que hasta ese entonces había permanecido quieta se acuclilló por un instante sobre uno de los cuerpos inertes y cuando volvió a erguirse llevaba en su mano diestra un cuchillo de plata que goteaba sangre. Limpió la hoja en su vestido y empezó a caminar sin apuro hacia donde estaba su nueva víctima, que a duras penas había conseguido levantarse del suelo y ahora se apoyaba en la pared del pasillo. Antes de desplomarse de cara al suelo por segunda vez, Jorge sólo pudo dar tres pasos en dirección a la puerta principal que daba al jardín. Y a pesar de que ya no sentía nada ni el puñal que entraba y salía de su espalda una y otra vez arrancándole de pocos el alma, sus ojos seguían abiertos, brillaban con coraje, no se rendían, luchaban deseando que ese no fuera el final, deseando que su vida hubiese sido de otra manera y no terminara así, con esa última cena.


miércoles, 3 de agosto de 2016

OTRA VEZ LA LLUVIA

                                                                                                      A la gata bajo la lluvia.


La noche caía lentamente, en cada minuto sentía transcurrir una hora; sin embargo, sabía que era por la situación en la que me encontraba. Escuchaba mi cama chirriar y giraba de rato en rato tratando de conciliar el sueño. Al fin, después de tanto luchar con el insomnio, conseguí dormir.
Cuando abrí los ojos me cegó un rayo de luz que entraba por la ventana. Soleaba como si no fuese invierno. Me levanté rápido e inicié el rito de todas las mañanas: tender la cama, ducharme, tomar el desayuno e ir a trabajar. En el camino pasé por un parque, allí sentí una pereza repentina. Pensé que era una hermosa mañana, única como para desperdiciarla laborando; además, había salido el sol. Decidí hacerle caso a mi espíritu rebelde, sabía que después recibiría algún regaño."¿Por qué no viniste ayer, Reyes, crees que esos guiones se van a escribir solos?". Al diablo, hoy no voy a trabajar. Me senté a los pies del monumento que estaba en medio del parque. Decidí relajarme y aprovechar el calor del sol, su ardiente luz me obligó a entrecerrar la vista. Escuché la voz de los canillitas -"¡Extra, extra!"-, el sonido de los carros y el murmullo de la gente. 
Era bueno estar así, recibiendo aquellos sonidos de la ciudad sin preocuparme por nada, aunque anoche no hubiera podido dormir. De repente una silueta me tapó los rayos del sol, no llegaba a distinguir con claridad quien era porque aún tenía los ojos entrecerrados. Cuando abrí completamente los párpados, allí estaba una mujer. No cualquier mujer, era Helena, pero muy cambiada, como si hubieran transcurrido varios años desde la última vez que nos vimos. Parecía incluso mucho mayor, a diferencia de ayer por la tarde, de cuando la había visto, supuestamente, por última vez. 
Sí, fue ayer, cuando nuestro casi perfecto romance había terminado, bajo el amparo de un árbol del parque frente a su casa, en plena lluvia de invierno, tras sentenciar ella a pesar de mis súplicas con un contundente: "se acabó".
Una oscura tristeza me sobrecogió el corazón, no supe que decir, abrí la boca pero las palabras no salieron.
- ¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto un fantasma- inquirió Helena.
- No... no es eso - respondí compungido.
- Sé que la última vez que nos vimos dijimos muchas cosas, Alejandro, cosas que lastiman ¿Sabes?, pensé que no te volvería a ver, pero ahora que te encuentro aquí, absorto como siempre, quise acercarme. No lo hubiera hecho si no hubiera sido por lo que me pasó.
- ¿Qué? No entiendo- dije extrañado.
- Al atardecer... al atardecer... -la vi ponerse pálida mientras me hablaba-. Al atardecer, Alejandro, yo volvía a mi casa, después de hacer las compras. Me puse a cocinar para los niños, para ti...
- Espera, ¿niños? Creo que estás delirando.
- No, no, yo... yo cocinaba para ti y para los niños y tú no habías vuelto todavía del trabajo, pero yo cocinaba esperándote, esperando a que volvieras, Alejandro. Preparé ensalada y ordené la mesa, bañé a los niños y vimos televisión. Y tú ya debías llegar pero nada. Salí a ver por la ventana del departamento y nada. Me senté en el mueble y prendí la radio. Me puse a ver a los niños, eran tan hermosos, tan bellos. El corazón me latía tan fuerte que me fue imposible no acariciarlos con la mirada. Estaba en ello hasta que sonó el timbre. Mi rostro se iluminó y sonreí para mí misma, y me apuré a abrir la puerta. Pero cuando la abrí entró otro hombre, Alejandro, y me dijo: "hola, mi amor". Y yo me sorprendí. Besó mi frente y se acercó a los niños que se parecían tanto a él, y no a ti, y entonces comprendí que mi vida era otra y que tú ya no eras tú. O que si eras tú, ya no estarías aquí conmigo; estarías en algún lugar del mundo siendo feliz con alguna otra chica. Y todo porque hace diez años te perdí, Alejandro, nos perdimos.
- ¡¿Hace 10 años?!- exclamé sorprendido.
- Ha pasado tanto tiempo...- dijo ella, apagándose la vitalidad de su voz y de su rostro al mismo tiempo, sumiéndose en una profunda tristeza.
Sentí que me contagiaba su abatimiento y volví a experimentar un dolor infinito, como el de anoche, cuando no podía dormir.
Me levanté angustiado de mi sitio y me acerqué a un carro estacionado frente al parque para ver mi reflejo en alguna de sus lunas. Me sorprendió sobremanera lo mucho que había envejecido. Nubes negras cubrieron el cielo, los rayos del sol dejaron de llegar al parque. Al instante empezó a llover. "Diez años", pensé. Y entonces volteé y me quedé observando a Helena, tenía la mirada baja, ensombrecida, su cabello castaño estaba empapado por la lluvia.
- Los niños que nunca tuvimos, otro hombre, otra vida...- repetía ella, como una letanía triste. Y yo sentía en sus palabras algo de canto de sirena, que me llevó a desear oscuramente la muerte.
La fuerza de la lluvia aumentó. Y vi ya sin sorpresa que todo se deshacía lentamente bajo el agua: los edificios, el parque, el monumento, los autos, los canillitas -"extra... ext... ee..."-. Y por último vi desvanecerse a Helena, y sentí la misma sensación triste de ayer frente a su casa, cuando con un beso cerró para siempre nuestra historia.
Al despertar de aquel sueño, o pesadilla, lo primero que hice fue verme al espejo. No estaba viejo como en el sueño, me tranquilicé por eso. Sin embargo, volví a sentir como iba creciendo nuevamente ese agujero metafísico alojado en mi pecho, ese espacio que antes Helena había llenado por tres años. Miré el reloj, eran las cuatro de la madrugada. Salí al balcón de mi departamento, aún estaba oscuro el cielo y el viento frío del invierno corría con el mismo ímpetu de sus más cruentos días. Sentí una pequeña gota deshacerse en mi antebrazo, alcé el rostro y dejé que la suave garúa de invierno mojara mi cara, mientras pensaba: "otra vez la lluvia".


martes, 2 de agosto de 2016

PESADILLA LÚCIDA

                                                                    “La interpretación del sueño es la vía regia 
                                                                      hacia el conocimiento de lo inconsciente.” 
                                                                      Sigmund Freud. 
                                                                      La interpretación de los sueños(1899) 


El sol menguaba en el horizonte y las calles estaban vacías. Los edificios destruidos y abandonados tenían la apariencia de un escenario de posguerra. Pero había paz, demasiada, aunque en el sentido negativo de la palabra, pues la atmósfera de aquella urbe carecía de movimiento y vida. Era, por decirlo así, una ciudad sin alma y  en el fondo eso asustaba.

A mi lado caminaba ella pero estaba callada, tenía la mirada baja como si la hubieran regañado, lloraba sin hacer ruido, conteniendo los gemidos. Le tomé de la mano para tranquilizarla. No sabía por qué lloraba. “¿Eh? amor, cálmate, no llores, ¿qué pasa?”, le dije. Entonces descubrí en ese momento, cuando volteó a verme, que la culpa anegaba sus ojos. Y aunque no me respondió, supe que bajo la sombra de ese silencio se ocultaba una confesión nociva que no se atrevía a manifestarse y me sentí infinitamente solo. Busqué a alguien más a mí alrededor, pero no había nadie, sólo estaba ella en aquel lugar sin nombre.

De pronto todo empezó a oscurecerse y el viento frío que se precipitaba erizó mi piel, fue sobrecogedor. Y sin una razón lógica, sólo yo empecé a hundirme lentamente en el suelo que mis pies pisaban, en una especie de hoyo negro. Traté de zafarme pero no pude, estaba paralizado por el miedo. Cuando ya estaba siendo tragado hasta el cuello por la tierra, alcé la mano para pedirle ayuda a la única persona que estaba a mi lado, pero ella no se movió.

Lo último que vi fueron sus ojos, su mirada lo decía todo, se sentía culpable de mi miserable y absurdo destino, pero no hacía nada por evitarlo. Acepté que de alguna manera ella era responsable de mi tragedia y la decepción me fue ganando. Así que dejé de luchar y sentí ensombrecerse mi alma, extinguirse lentamente el fuego, apagarse poco a poco la llama, mientras desaparecía en esa tierra innominada hasta que, sudando y con lágrimas en los ojos, desperté.

Los amantes. René Magritte (1928)

DUDA

Sábado, 21 de enero de 2012

Libertad, esa es una palabra que realmente es muy buena, pero cuando se habla de amor es lo último que quisiéramos. Tal vez por eso esta libertad que tengo no me sabe tan bien. Tal vez por eso mi mundo se paralizó. Mi pasado fue bueno hasta cierto punto, genial; pero (siempre hay un “pero” cuando se trata de mí) mi pasado ya pasó y el presente se me esconde y parece que yo lo ayudo.

Está bien, yo no hago mucho por mi presente, más hago por mi futuro: Leo, estudio y planifico tantas cosas para “el día de mañana”. Parece que me hubiera olvidado del famoso “hoy”,  que sin duda es importante. Y aunque hoy es cuando leo, estudio y planifico, se sienten tan lejanos sus frutos.

Los días se me escurren sin ninguna emoción. Ya hace mucho que mi buen pasado empezó a llenarse con nada que no sean promesas de un futuro mejor. Y cada vez que intento salir tengo la sensación de que no pertenezco a ese mundo. Me he culturizado un poco y mis gustos han cambiado y eso parece no ayudar allá afuera. Recuerdo que cuando ignoraba muchas cosas, de las cuales hoy no ignoro, era más feliz. Pero después de saber lo que sé, me he vuelto más inconforme con la realidad (lo reconozco, tampoco quisiera volver atrás).

Los amigos que tengo siguen siendo los mismos, yo he cambiado. Es tan raro voltear y ver lo que fui: un barrista, punk,  grafitero y algunas otras cosas más que están muy lejos de lo que soy ahora. ¿Que soy? Un estudiante de periodismo que lee a Vargas Llosa, Saramago, Gabriel García Marqués, Mariátegui y muchos más, que después de empaparse con tanto libro admite que su pasado autodestructivo fue genial, pero suficiente.

Hay cosas más importantes, y esta vez con sentido, por las que puedo arriesgarme. Sólo que tengo que estar preparado. El “ahora” ya no admite tanta tontera, lo único rescatable es el amor. Que aunque sea lo más absurdo de esta vida, es lo que le da sentido, lo que por ser así, absurdo, no desea la libertad.

Cuando uno está enamorado desea siempre pertenecer a alguien.  Debe ser lo que me pasa, tal vez este conflicto interno no es por mi presente estudioso y esforzado, sino porque me quedé sin amor (no hablo de mujeres, que hay muchas) digo amor. Sé que es caprichoso y aparece cuando menos lo esperas. Quizá esa sea la razón verdadera de este escrito y no la duda existencial sobre mi presente. Si mi presente tuviera algún amor, nada habría en él de malo. 

PD: Tercer texto rescatado de un blog personal desaparecido.


ANÉCDOTA DE GRAFF

Lunes, 24 de enero de 2011

El plan era juntarnos en la esquina del barrio a las dos de la madrugada. Todos saldríamos cuando nuestros padres se encontraran dormidos. Solíamos hacerlo siempre, cada vez que el bicho de la juventud desaforada nos picaba, introduciéndonos esa sustancia que conocíamos como adrenalina y que expresábamos con el aerosol. Intentando ser grafiteros, plasmábamos nuestros tags (apodos) en las paredes, ya que después podíamos presumir quién era el más arriesgado y quién lograba pintar en los lugares más difíciles.

Aun tengo el recuerdo de una de esas salidas, cuando escondidos por la oscura noche y acompañados del silencio de la madrugada comenzamos la aventura. Éramos cuatro los que habíamos logrado salir esa noche. Caminábamos mientras dejábamos la marca de nuestra incomprendida adolescencia en las paredes. Algunos lo hacían con miedo, otros eran más intrépidos, pero de todas formas nos divertíamos, reíamos y nos asustábamos cuando escuchábamos algún ruido escondido en la larga noche.

Estuvimos andando cada vez mas lejos del barrio, hasta que vimos una pared blanca, limpia, perfecta, nos lanzamos y empezamos a grafitearla con alegría. Mientras acabábamos de pintar escuché las llantas de una camioneta frenar en seco y una voz que gritó – ¡alto ahí carajo! – entonces volteamos, era un carro de la policía con cuatro hombres dentro, en ese momento, sin pensarlo dos veces, empezamos a correr.

Nos persiguieron con el auto para atraparnos y nosotros dábamos vueltas  alrededor de la zona, ya que no podíamos correr en línea recta porque estábamos en desventaja. Así que mientras el auto daba círculos en nuestra búsqueda, dos de los cuatro policías se quedaron relegados por una de las calles para ver si volvíamos a pasar por allí, ya que como dije antes estábamos rotando sin poder salir del lugar.

En ese momento fue cuando llego otro carro, una camioneta de serenazgo que se unió a la persecución. Nosotros con las piernas ya acabadas de tantas vueltas, no podíamos más, corríamos desiguales: adelante estaban Draeko y kash,  atrás venia el gordo Zen y al medio iba yo. Allí fue cuando comenzamos a disminuirnos, Zen dejo de correr, y cuando me di la vuelta ya no estaba. En ese instante apareció un policía de forma sorpresiva, como  salido de la nada, sudaba, estaba  rojo y gritaba -¡no me hagan correr mierdas o les irá peor! -  estuvo a punto de atraparme, pero hice un movimiento rápido y logré perderle. Seguíamos corriendo,  pero  mis piernas temblaban de cansancio y atrás venía la camioneta de serenazgo. No sé si me rendí o si mi físico ya no aguantaba más, quizá fueron las dos cosas. Me lancé a un jardín que tenía un cerco de arbustos, tantos que me cubrían, y me quedé tirado. Pensé que estaría ahí hasta que vinieran por mí, pero paso una hora y nada. Intenté moverme para ver que sucedía, pero no pude, mis pies estaban acalambrados. Así que me quedé echado. Paso mucho tiempo, no supe cuanto, sólo sé que estuve allí hasta que el cielo se aclaró.

Al amanecer, adolorido, me puse a caminar. Llegué a mi casa a las siete de la mañana, mi mamá me vio entrar cansado, le dije que había ido a correr (y no era mentira) me tiré a descansar en mi sillón, pensé en mis amigos: “¿qué les habría pasado?”. Estaba a punto de abstraerme de la realidad, como suelo hacer cuando me pongo a pensar, pero justo sonó el timbre. Salí a ver quién era. Imaginé que serían unos padres preguntándome dónde están sus hijos, pero para mi sorpresa eran Draeko y Kash. Les pregunté qué había pasado, si habían logrado escapar. Me dijeron que no, que después que desaparecí, ambos se toparon con dos policías, al verlos se dejaron atrapar. Me dijeron también que encontraron al gordo Zen en el carro de la policía. Los llevaron a una comisaria, los castigaron con ejercicios, les quitaron los aerosoles y Zen vomitó de cansancio. Después los dejaron ir y les dieron un consejo: “si van a pintar, que no sea en la noche, los pueden confundir con rateros”. Y eso fue todo. Yo me sentí muy afortunado, me libré de aquello. Creo que tengo una especie de sentido arácnido, involuntario, que me hace alejarme de las cosas cuando están mal. La verdad es que hasta ahora no sé si eso es bueno ó malo.

PD1: Esto era antes que cambiara mi vida, ahora si respeto la capa de ozono y bueno antes pensaba diferente. Creo que tenemos derecho a cambiar. Suerte.


PD2: Segundo texto rescatado de un blog personal desaparecido. 

lunes, 1 de agosto de 2016

ADIOS PUCHO

Lunes, 20 de diciembre de 2010:

Hoy perdí a dos seres importantes en mi vida: a un amigo y a alguien más que ya no debo recordar. Mi amigo se fue para siempre, para que no lo vea mal y sufra por él. Pero como extraño sus maullidos en mi casa, su presencia silenciosa que me hacia compañía. Siempre pensé que como es una mascota todo es fácil para él, sólo tiene que esperar para que se alimente, acercarse a alguien si quiere jugar, casi nunca nadie lo ignoraba. Solía sentarse en la ventana de la casa a contemplar la nada.

Lo veía alocarse desesperadamente mientras afilaba sus uñas en los muebles. Al parecer, eso le producía un placer que era impedido cada vez que, mi padre o mi madre, aparecía con el matamoscas para espantarlo, ó mejor dicho corretearlo; mientras yo sonreía y sonreía porque me sentía cómplice de esa rebelión, de esa melancolía, de esa soledad que nos familiarizaba. Admiraba su independencia y el atrevimiento que yo no tenía, el atrevimiento que lo sacaba lejos de casa para ir a buscar a su media naranja, mientras paseaba por la casa de vecinos a los cuales no les importaba que lo hiciese y por la de otros que al parecer sí: gente malhumorada, infelices, aburridos de la vida que parece que les hace sentir bien el quitársela a otros.

Me imagino sus caras vertiendo el veneno en la comida, dejándola en el patio de sus casas, y me parece gente mentalmente enferma, que sólo espera que algún animal, atrevidamente inconsciente, se alimente con eso y termine muriendo poco a poco, como mi gato, que estuvo después de probar ese maldito bocado tres días sin comer nada, sin beber nada, vomitando y con una mirada triste. Y yo sintiéndome tan estúpido sin dinero, sin poder hacer nada; pidiéndole a dios que se recupere mi amigo, que no lo quiero ver morir tan cerca de la navidad.

Al parecer dios me escuchó. Esta mañana "Pucho" estaba echado en mi cama y me miraba. Creo que sentía la pena con que lo acariciaba. Alguna vez escuché a la gente decir que los gatos son orgullosos, se van cuando saben que van a morir. Y así fue, se marcho débil, sin fuerza, lo vi salir por la ventana, no lo detuve, no le quitaría la libertad que siempre le admiré, sólo deje que se fuera, sintiendo pero no creyendo que esa sería la última vez que lo vería.


PD: Escrito rescatado de un blog personal desaparecido.

sábado, 20 de febrero de 2016

SI ME DIERAN A ELEGIR UNA VEZ MÁS, TE ELEGIRÍA SIN PENSARLO



Después de haber sopesado nuevamente mi elección, y después de haber visto una que otra entrevista sobre sus propuestas, creo firmemente que Verónika Mendoza es la mejor candidata que hay. Sólo detrás de ella está Alfredo Barnechea, nadie más. Estos dos políticos son los únicos que se merecen mi voto como ciudadano peruano.

Verónika Mendoza es mi primera opción porque tiene claro que el Estado no puede quedarse como está. Ella sabe que es necesario fortalecer a las instituciones para que regulen con mayor eficiencia la relación entre la sociedad y la empresa privada, con el fin de que el benefició pueda llegar a todos los peruanos.

Verónika sabe que la minería es importante, pero no es el único medio para que un país se desarrolle. Por eso plantea que se potencien otros sectores como el agrícola y el de turismo, entre otros que puedan darnos ingresos para que el Estado brinde servicios públicos de calidad: en salud, educación y seguridad. Además de ofrecer programas sociales que faciliten el desarrollo de la nación.

Me quedó claro que todo esto se hará sin omitir a la minería responsable, que de todas maneras debe llevarse a cabo, ojo, sólo la responsable.

Ella, además, propone sin temor y delante de periodistas de El Comercio (y eso es admirable), que no debe existir concentración monopólica de medios, pues ello perjudica la estabilidad del mercado, pero por sobre todo, perjudica el derecho de las personas a tener una información plural. Y aunque muchos han querido tacharla de "chavista", existen leyes antimonopolio que son un mecanismo de regulación hasta en el propio EE.UU. (El país más liberal del mundo). 

Norteamérica tiene leyes antimonopolio activas tales como la Ley Sherman de 1980 y la Ley Clayton de 1914, con las cuales ha sancionado conspiraciones entre empresas. Un ejemplo es lo ocurrido con el gigantesco Microsoft, empresa mundial que casi todos nosotros conocemos y que el gobierno de Estados Unidos sancionó por tener demasiado poder de mercado, (influir en los precios aumentado su beneficio y reduciendo el bienestar social).

Verónika cree en los derechos de todos y de todas a tener una sociedad más justa. Ella está a favor del matrimonio igualitario, de la legalización de la marihuana (para uso terapéutico) y de la adopción responsable por parejas de un mismo sexo. Temas sin duda delicados para muchos peruanos que tienen, y es válido, un pensamiento conservador. Muchas de estas propuestas son debatibles; sin embargo, han sido puestas en la mesa por la candidata del Frente Amplio. No por los otros candidatos que se corren de responder preguntas incomodas.

Verónika no sólo tiene ideas revolucionarias (en el mejor sentido de la palabra), sino que además de ser una mujer muy guapa, por sobre todo, es una mujer muy inteligente y moral. Algo que necesitaba nuestro ambiente político desde hace mucho.

Verónika es joven y representa a la juventud, a nuestra generación, a la generación que se cansó de los errores del pasado y que busca ahora dignificar lo que significa ser un ciudadano peruano. Verónika es joven, pero esa no es ninguna debilidad, más bien es una fortaleza, pues conserva aún la rebeldía idealista que se necesita para cambiar al Perú.

PD: En realidad, hay muchas buenas propuestas de Verónika, sin embargo, por ahora me quedo aquí. Hasta la próxima.