A la gata bajo la lluvia.
La noche caía lentamente, en cada minuto
sentía transcurrir una hora; sin embargo, sabía que era por la situación en la
que me encontraba. Escuchaba mi cama chirriar y giraba de rato en rato tratando de conciliar el sueño. Al fin, después de tanto luchar con el insomnio, conseguí dormir.
Cuando abrí los ojos me cegó un rayo de
luz que entraba por la ventana. Soleaba como si no fuese invierno. Me levanté
rápido e inicié el rito de todas las mañanas: tender la cama, ducharme, tomar
el desayuno e ir a trabajar. En el camino pasé por un parque, allí sentí una pereza repentina. Pensé que era una hermosa mañana, única como para
desperdiciarla laborando; además, había salido el sol. Decidí hacerle caso a mi
espíritu rebelde, sabía que después recibiría algún regaño."¿Por qué no
viniste ayer, Reyes, crees que esos guiones se van a escribir solos?". Al
diablo, hoy no voy a trabajar. Me senté a los pies del monumento que estaba en medio
del parque. Decidí relajarme y aprovechar el calor del sol, su ardiente luz me
obligó a entrecerrar la vista. Escuché la voz de los canillitas -"¡Extra,
extra!"-, el sonido de los carros y el murmullo de la gente.
Era bueno estar así, recibiendo aquellos
sonidos de la ciudad sin preocuparme por nada, aunque anoche no hubiera podido
dormir. De repente una silueta me tapó los rayos del sol, no llegaba a
distinguir con claridad quien era porque aún tenía los ojos entrecerrados.
Cuando abrí completamente los párpados, allí estaba una mujer. No cualquier
mujer, era Helena, pero muy cambiada, como si hubieran transcurrido varios años
desde la última vez que nos vimos. Parecía incluso mucho mayor, a diferencia de
ayer por la tarde, de cuando la había visto, supuestamente, por última vez.
Sí, fue ayer, cuando nuestro casi perfecto romance había terminado, bajo el amparo de un árbol del parque frente a su casa, en plena lluvia de invierno, tras sentenciar ella a pesar de mis súplicas con un contundente: "se acabó".
Sí, fue ayer, cuando nuestro casi perfecto romance había terminado, bajo el amparo de un árbol del parque frente a su casa, en plena lluvia de invierno, tras sentenciar ella a pesar de mis súplicas con un contundente: "se acabó".
Una oscura tristeza me sobrecogió el
corazón, no supe que decir, abrí la boca pero las palabras no salieron.
- ¿Qué te pasa? Parece que hubieras
visto un fantasma- inquirió Helena.
- No... no es eso - respondí compungido.
- Sé que la última vez que nos vimos
dijimos muchas cosas, Alejandro, cosas que lastiman ¿Sabes?, pensé que no te
volvería a ver, pero ahora que te encuentro aquí, absorto como siempre, quise
acercarme. No lo hubiera hecho si no hubiera sido por lo que me pasó.
- ¿Qué? No entiendo- dije extrañado.
- Al atardecer... al atardecer... -la vi
ponerse pálida mientras me hablaba-. Al atardecer, Alejandro, yo volvía a mi casa, después de hacer las
compras. Me puse a cocinar para los niños, para ti...
- Espera, ¿niños? Creo que estás delirando.
- No, no, yo... yo cocinaba para ti y
para los niños y tú no habías vuelto todavía del trabajo, pero yo cocinaba
esperándote, esperando a que volvieras, Alejandro. Preparé ensalada y ordené la mesa, bañé
a los niños y vimos televisión. Y tú ya debías llegar pero nada. Salí a ver
por la ventana del departamento y nada. Me senté en el mueble y prendí la
radio. Me puse a ver a los niños, eran tan hermosos, tan bellos. El corazón me
latía tan fuerte que me fue imposible no acariciarlos con la mirada. Estaba en ello
hasta que sonó el timbre. Mi rostro se iluminó y sonreí para mí misma, y me
apuré a abrir la puerta. Pero cuando la abrí entró otro hombre, Alejandro, y
me dijo: "hola, mi amor". Y yo me sorprendí. Besó mi frente y se
acercó a los niños que se parecían tanto a él, y no a ti, y entonces comprendí
que mi vida era otra y que tú ya no eras tú. O que si eras tú, ya no estarías
aquí conmigo; estarías en algún lugar del mundo siendo feliz con alguna otra
chica. Y todo porque hace diez años te perdí, Alejandro, nos perdimos.
- ¡¿Hace 10 años?!- exclamé sorprendido.
- Ha pasado tanto tiempo...- dijo ella,
apagándose la vitalidad de su voz y de su rostro al mismo tiempo, sumiéndose en
una profunda tristeza.
Sentí que me contagiaba su abatimiento y volví
a experimentar un dolor infinito, como el de anoche, cuando no podía dormir.
Me levanté angustiado de mi sitio y me
acerqué a un carro estacionado frente al parque para ver mi reflejo en alguna
de sus lunas. Me sorprendió sobremanera lo mucho que había envejecido. Nubes negras cubrieron el cielo, los rayos
del sol dejaron de llegar al parque. Al instante empezó a llover. "Diez años", pensé. Y entonces
volteé y me quedé observando a Helena, tenía la mirada baja, ensombrecida, su cabello castaño estaba empapado por la lluvia.
- Los niños que nunca tuvimos, otro hombre,
otra vida...- repetía ella, como una letanía triste. Y yo sentía en sus palabras
algo de canto de sirena, que me llevó a desear oscuramente la muerte.
La fuerza de la lluvia aumentó. Y vi ya
sin sorpresa que todo se deshacía lentamente bajo el agua: los edificios, el parque, el
monumento, los autos, los canillitas -"extra... ext... ee..."-. Y por
último vi desvanecerse a Helena, y sentí la misma sensación triste de ayer frente a su
casa, cuando con un beso cerró para siempre nuestra historia.
Al despertar de aquel sueño, o pesadilla,
lo primero que hice fue verme al espejo. No estaba viejo como en el sueño, me
tranquilicé por eso. Sin embargo, volví a sentir como iba creciendo nuevamente
ese agujero metafísico alojado en mi pecho, ese espacio que antes Helena había
llenado por tres años. Miré el reloj, eran las cuatro de la madrugada. Salí al
balcón de mi departamento, aún estaba oscuro el cielo y el viento frío del
invierno corría con el mismo ímpetu de sus más cruentos días. Sentí una pequeña
gota deshacerse en mi antebrazo, alcé el rostro y dejé que la suave garúa de
invierno mojara mi cara, mientras pensaba: "otra vez la lluvia".

