sábado, 17 de septiembre de 2016

LA ÚLTIMA CENA





Se fue de su casa a los veinte años, cansado de que su madre y su padre lo atosigasen todo el día pidiéndole que salga de su habitación, exigiéndole que dejara el bendito computador porque, según ellos, eso no era vida, pues no podía ser posible que estuviera pegado a la dichosa máquina tantas horas. Así que antes de mudarse para siempre de su irritable hogar, Jorge trabajó con mucho sacrificio y pocas ganas en una tienda de comida rápida. Ahorró lo suficiente para pagar los primeros seis meses de arriendo de una pequeña habitación con baño, ubicada en la azotea de un edificio. Y tras doce meses de atender a los clientes, limpiar los suelos, las mezas, los inodoros y las fuentes de comida, renunció. 

Lo primero que hizo al establecerse en su nuevo hogar fue comprarse una computadora. No necesitó pagar el Internet puesto que éste estaba incluido en el precio del alquiler. El dinero que le sobraba lo racionó para la comida de las semanas siguientes. Por otro lado, su habitación ya venía con lo indispensable: un televisor que veía pocas veces, una mesita circular con dos sillas, una vieja cómoda de madera y una cama con un colchón demasiado duro para su gusto. Además, había una enorme ventana cuadrada que daba a la avenida principal de donde le gustaba mirar a la gente que iba y venía sumergida en su rutina diaria.

Los primeros meses para Jorge fueron los más difíciles, tuvo que adaptarse gradualmente a su nueva realidad. Decidió aprender un oficio por Internet que le permitiera en lo posible no salir de su habitación y ganar lo necesario para seguir viviendo a su gusto. Se pasaba todo el día leyendo tutoriales en su computadora sobre los últimos softwares de diseño gráfico, le costó apenas cinco meses dominar a la perfección la mayoría de los programas involucrados. Desde las redes sociales comenzó a buscar clientes, ofreciéndoles diseños para sus websites, banners publicitariostarjetas personales. Su primer trabajo le llegó justo a tiempo cuando estaba por vencerse el último mes de arriendo y no le quedaba casi nada del dinero que había ahorrado. 

Con el transcurrir de los meses Jorge acumuló una cartera de clientes fieles con quienes no era necesario  encontrarse para cumplir con sus encargos. Así que decidió abrir una cuenta en el banco y desde su computadora realizaba todos sus movimientos financieros y laborales. Cualquier consulta la daba a través de su teléfono celular. Asimismo, empezó a comprar ropa, comida, electrodomésticos y hasta víveres de aseo personal por Internet. Aquello que había iniciado como una búsqueda de libertad degeneró en un auto-enclaustramiento inconsciente. De a pocos y sin darse cuenta, como a quien sorprende la lluvia, Jorge  acabó empapado de una misantropía degenerativa, sui géneris, que lo aislaba cada día más de la sociedad, pero que al mismo tiempo lo mantenía conectado a ella a través de las redes sociales. Salía remotamente, a penas para lo indispensable: ir al médico y cumplir con su deber cívico de votar, entre otros asuntos análogos e ineludibles. Las únicas personas que llamaban a su puerta eran los repartidores que le traían sus pedidos y la dueña de la casa que venía puntual todos los meses a cobrar el arriendo.

La única vez en que Jorge se aventuró a salir de su guarida fue por una mujer, su nombre era Lucía. El azar los había hecho coincidir en un foro por Internet en donde se debatían hábitos atípicos. Todos escribían sus opiniones o contaban sus experiencias, y los dos habían concluido que lo que se hacía realmente en ese foro era explotar el morbo de las personas más que otra cosa. Fue así como se inició una conversación aparte entre ellos: primero en el foro y después por teléfono celular. En su primera llamada ambos se explicaron las razones del porqué estaban participando de aquel debate. Jorge le contó que le preocupaba mucho su prolongada soledad, su falta de amigos y su crónico hermetismo con los demás. Lucia, en cambio, no se atrevía a decir sus razones; sin embargo, debido a la insistencia de Jorge, confesó: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que siento una imperiosa necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes, de probarlos a todos”. Revelación con la cual su interlocutor quedó colorado y mudo. Fue gracias a la risa de Lucía – “un poco similar a la de las brujas del cine”, pensó Jorge- que se rompió el silencio y todo volvió a su cauce. La conversación viró a otro tipo de asuntos, pero Jorge no podía sacar de su cabeza aquellas palabras subidas de tono que nunca le hubiera imaginado a una mujer, aunque lo cierto era que no había conocido a muchas.

Con el tiempo aumentaron las llamadas entre Jorge y Lucía. Ella le había prometido a él que lo ayudaría a salir de su encierro y él le había dicho, no sin malicia, que si ella quería podría ayudarla también con su problema. A lo cual Lucía había respondido con un coqueto “ya veremos”. Aunque todo parecía ir muy bien para Jorge, una inquietud empañaba su felicidad. Notó un poco extrañado que Lucia -salvo su confesión-  nunca hablaba demasiado de ella, de su vida, a lo mucho le había contado que sus padres vivían en el extranjero y le mandaban mensualmente lo necesario de dinero para que pudiera estar tranquila. Jorge recordaba que la mayoría de las veces era él quien respondía a todas las preguntas de ella. ¿Qué edad tienes? / Veintidós ¿Y tú? / La misma. ¿Vives solo? / Sí. / ¿Y tus padres?/ No los veo hace mucho, me llaman de vez en cuando / ¿Les has hablado de mí? / No, Lucia. / No les hables de mí todavía. / Está bien. / ¿Quieres conocerme en persona? / Me encantaría, Lucía, por ti saldría de mi zona de confort. / Mira, Jorge, te invito esta noche a comer a mi casa, así nos podremos conocer, ya verás que nos divertiremos ¿Te parece? / Por supuesto, estaré ahí. /Bien, te mandaré la dirección en un mensaje de texto, buenas noches, Jorge. / Buenas noches, Lucia. Aquella confirmación de la cita había sido la última pregunta que había respondido Jorge antes de verla, estaba seguro que todas sus dudas se aclararían al tenerla en frente.  

Era una casa antigua de dos pisos pero bien conservada, con un jardín mediano y algunos árboles, cercada por una tapia y una puerta doble de hierro, ubicada en un barrio tranquilo en una zona de clase media. La casa parecía vacía, en las ventanas se podía ver que las luces estaban apagadas. Jorge esperó que el reloj diera las ocho de la noche –había llegado diez minutos antes pero no quería dar la impresión de estar impaciente-. Cuando su reloj pulsera marcó la hora acordada tocó el timbre. Lucía se asomó a la puerta de su casa, atravesó el jardín, llegó a la puerta doble de hierro que daba a la calle y la abrió con su llave. Se miraron mutuamente por unos segundos sin decir nada. Lucia le sonrió y lo besó en la mejilla. “Pasa, por favor”, le dijo ella. “Gracias”, contestó Jorge, quien después de ingresar miró extrañado que Lucía volvía a cerrar la puerta con llave. “Es por seguridad, por aquí hay muchos robos”, se adelantó a decir ella. Caminaron por el jardín hasta la puerta principal de la casa, atravesaron un pasillo que tenía tres puertas de madera cerradas en la pared del lado izquierdo, cruzaron el recibidor y continuaron hasta llegar a la sala-comedor.   

Jorge había llevado un vino borgoña y se lo entregó a Lucia, ella se lo agradeció y le pidió que se sentara a la mesa. Al instante, Lucía entró a la cocina y salió con un sólo un plato de comida entre sus manos. Jorge le preguntó si no pensaba comer con él, a lo que ella contestó que había estado desde ayer con nauseas y dolor de estomago, pero que no quería arruinar la oportunidad de conocerse mejor. Lucía le rogó que comiera todo mientras ella iba a su habitación a cambiarse de ropa por otra más cómoda. Antes de que Jorge la viera perderse en la oscuridad del pasillo, ella le mandó un beso volado.

Cuando Jorge terminó de comer se levantó de la mesa y llamó a Lucía, ella no contestaba. Caminó hacia el pasillo buscando a su anfitriona y vio que una de las tres puertas, la del medio, estaba entre abierta. Mientras se aproximaba a esa puerta sintió un leve vértigo que le hizo perder el equilibrio - "¿Qué me está pasando?", pensó -. Sin embargo, más pudo su curiosidad que aquella preocupación por esa extraña vacilación de su cuerpo. Cuando abrió por completo la puerta entornada, un olor desagradable y descompuesto le pegó en todo el rostro.

La luz de aquella habitación estaba apagada, así que desde el umbral de la puerta  y sin ingresar por completo, Jorge buscó a tientas en la oscuridad el interruptor que estaba al lado izquierdo de la pared. Cuando todo se iluminó, quedó perplejo al ver dentro de aquella habitación, tirados en el suelo; los cuerpos mutilados y sin vida de tres hombres jóvenes, y parada detrás de ellos a Lucía, con la boca y las manos ensangrentadas. Entonces de golpe lo comprendió todo: “Me gustan demasiado los hombres, tanto que siento una imperiosa necesidad de tenerlos dentro de mí, de sentir sus carnes, de probarlos a todos”. El horror y el asco le ciñeron el corazón. Trató de correr hacia la puerta que daba al jardín pero tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Sentía que le faltaba el oxigeno, que iba a desmayarse en cualquier momento. “¡Maldita sea! ¡La comida estaba envenenada! ¡Envenenada! ¡Dios mío!”, pensó desesperado, mientras luchaba con todas sus fuerzas para levantarse, para mover alguna de sus anquilosadas articulaciones.

Lucía que hasta ese entonces había permanecido quieta se acuclilló por un instante sobre uno de los cuerpos inertes y cuando volvió a erguirse llevaba en su mano diestra un cuchillo de plata que goteaba sangre. Limpió la hoja en su vestido y empezó a caminar sin apuro hacia donde estaba su nueva víctima, que a duras penas había conseguido levantarse del suelo y ahora se apoyaba en la pared del pasillo. Antes de desplomarse de cara al suelo por segunda vez, Jorge sólo pudo dar tres pasos en dirección a la puerta principal que daba al jardín. Y a pesar de que ya no sentía nada ni el puñal que entraba y salía de su espalda una y otra vez arrancándole de pocos el alma, sus ojos seguían abiertos, brillaban con coraje, no se rendían, luchaban deseando que ese no fuera el final, deseando que su vida hubiese sido de otra manera y no terminara así, con esa última cena.


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