Le habían roto el corazón hace unas semanas. Y en esa danza lenta de la monotonía las penas se resistían a declinar. De la cama a la mesa y de la mesa al computador; y del computador a la calle y de la calle a la cama: un eterno bucle desgarrador en diciembre, época en que la intensa felicidad de todos es equivalente al sufrimiento de un solo espíritu roto.
De todas formas había que sobrevivir, levantar de la cama ese cuerpo de plomo, primero un pie, después el otro, y apearse con lo que queda de orgullo, vestirse y continuar viviendo. Pero el recuerdo te salta a la cara apenas dejas de distraerte, mientras lavas los platos del insípido almuerzo, sigilosa y sin previo aviso se desliza una imagen: su tierna playera gris de Hello Kitty, su cabello castaño resbalándose en ondas sobre sus hombros, sus ojos infinitos, aquella sonrisa de niña…Y sacudes la cabeza y continúas con las tazas, con las cucharas, con las cucharitas y los tenedores.
Más tarde, cuando el cielo del verano se cubre de rubor, sales a caminar para extraviar a tu conciencia en ese mar de rostros y de cuerpos que te son indiferentes, pero al rato tus piernas se fatigan y te piden descanso, y tus ojos ya no quieren seguir abiertos, entonces los cierras y, sentado en un parque, el pasado te apuñala nuevamente y recuerdas que querías salvarla, mostrarle un mundo distinto al horrible mundo que ella conocía, pero no podías obligarla.
Querías que ella elija ese mundo nuevo por sí misma. Trataste de cuidarla, la ayudabas en sus trabajos, le conversabas casi siempre sobre su día a día, ella te escribía por internet para saber si estabas bien. A veces sentías que te amaba, a veces se aferraba a ti en los parques y llorando te pedía que nunca la dejaras, que te quedaras con ella para siempre. Y tú llorabas con ella y le jurabas que jamás la dejarías, y le besabas las lágrimas, sin saber cuan irónica es la vida: tú cumpliste tu palabra, fue ella quien te dejó. Y ahora, cada tropiezo lo sobrellevas con más calma, mientras su recuerdo se va borrando, te arrastras lentamente hacia el presente, donde ya otra persona espera de ti lo que siempre has sabido dar: amor.
De todas formas había que sobrevivir, levantar de la cama ese cuerpo de plomo, primero un pie, después el otro, y apearse con lo que queda de orgullo, vestirse y continuar viviendo. Pero el recuerdo te salta a la cara apenas dejas de distraerte, mientras lavas los platos del insípido almuerzo, sigilosa y sin previo aviso se desliza una imagen: su tierna playera gris de Hello Kitty, su cabello castaño resbalándose en ondas sobre sus hombros, sus ojos infinitos, aquella sonrisa de niña…Y sacudes la cabeza y continúas con las tazas, con las cucharas, con las cucharitas y los tenedores.
Más tarde, cuando el cielo del verano se cubre de rubor, sales a caminar para extraviar a tu conciencia en ese mar de rostros y de cuerpos que te son indiferentes, pero al rato tus piernas se fatigan y te piden descanso, y tus ojos ya no quieren seguir abiertos, entonces los cierras y, sentado en un parque, el pasado te apuñala nuevamente y recuerdas que querías salvarla, mostrarle un mundo distinto al horrible mundo que ella conocía, pero no podías obligarla.
Querías que ella elija ese mundo nuevo por sí misma. Trataste de cuidarla, la ayudabas en sus trabajos, le conversabas casi siempre sobre su día a día, ella te escribía por internet para saber si estabas bien. A veces sentías que te amaba, a veces se aferraba a ti en los parques y llorando te pedía que nunca la dejaras, que te quedaras con ella para siempre. Y tú llorabas con ella y le jurabas que jamás la dejarías, y le besabas las lágrimas, sin saber cuan irónica es la vida: tú cumpliste tu palabra, fue ella quien te dejó. Y ahora, cada tropiezo lo sobrellevas con más calma, mientras su recuerdo se va borrando, te arrastras lentamente hacia el presente, donde ya otra persona espera de ti lo que siempre has sabido dar: amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario