miércoles, 3 de agosto de 2016

OTRA VEZ LA LLUVIA

                                                                                                      A la gata bajo la lluvia.


La noche caía lentamente, en cada minuto sentía transcurrir una hora; sin embargo, sabía que era por la situación en la que me encontraba. Escuchaba mi cama chirriar y giraba de rato en rato tratando de conciliar el sueño. Al fin, después de tanto luchar con el insomnio, conseguí dormir.
Cuando abrí los ojos me cegó un rayo de luz que entraba por la ventana. Soleaba como si no fuese invierno. Me levanté rápido e inicié el rito de todas las mañanas: tender la cama, ducharme, tomar el desayuno e ir a trabajar. En el camino pasé por un parque, allí sentí una pereza repentina. Pensé que era una hermosa mañana, única como para desperdiciarla laborando; además, había salido el sol. Decidí hacerle caso a mi espíritu rebelde, sabía que después recibiría algún regaño."¿Por qué no viniste ayer, Reyes, crees que esos guiones se van a escribir solos?". Al diablo, hoy no voy a trabajar. Me senté a los pies del monumento que estaba en medio del parque. Decidí relajarme y aprovechar el calor del sol, su ardiente luz me obligó a entrecerrar la vista. Escuché la voz de los canillitas -"¡Extra, extra!"-, el sonido de los carros y el murmullo de la gente. 
Era bueno estar así, recibiendo aquellos sonidos de la ciudad sin preocuparme por nada, aunque anoche no hubiera podido dormir. De repente una silueta me tapó los rayos del sol, no llegaba a distinguir con claridad quien era porque aún tenía los ojos entrecerrados. Cuando abrí completamente los párpados, allí estaba una mujer. No cualquier mujer, era Helena, pero muy cambiada, como si hubieran transcurrido varios años desde la última vez que nos vimos. Parecía incluso mucho mayor, a diferencia de ayer por la tarde, de cuando la había visto, supuestamente, por última vez. 
Sí, fue ayer, cuando nuestro casi perfecto romance había terminado, bajo el amparo de un árbol del parque frente a su casa, en plena lluvia de invierno, tras sentenciar ella a pesar de mis súplicas con un contundente: "se acabó".
Una oscura tristeza me sobrecogió el corazón, no supe que decir, abrí la boca pero las palabras no salieron.
- ¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto un fantasma- inquirió Helena.
- No... no es eso - respondí compungido.
- Sé que la última vez que nos vimos dijimos muchas cosas, Alejandro, cosas que lastiman ¿Sabes?, pensé que no te volvería a ver, pero ahora que te encuentro aquí, absorto como siempre, quise acercarme. No lo hubiera hecho si no hubiera sido por lo que me pasó.
- ¿Qué? No entiendo- dije extrañado.
- Al atardecer... al atardecer... -la vi ponerse pálida mientras me hablaba-. Al atardecer, Alejandro, yo volvía a mi casa, después de hacer las compras. Me puse a cocinar para los niños, para ti...
- Espera, ¿niños? Creo que estás delirando.
- No, no, yo... yo cocinaba para ti y para los niños y tú no habías vuelto todavía del trabajo, pero yo cocinaba esperándote, esperando a que volvieras, Alejandro. Preparé ensalada y ordené la mesa, bañé a los niños y vimos televisión. Y tú ya debías llegar pero nada. Salí a ver por la ventana del departamento y nada. Me senté en el mueble y prendí la radio. Me puse a ver a los niños, eran tan hermosos, tan bellos. El corazón me latía tan fuerte que me fue imposible no acariciarlos con la mirada. Estaba en ello hasta que sonó el timbre. Mi rostro se iluminó y sonreí para mí misma, y me apuré a abrir la puerta. Pero cuando la abrí entró otro hombre, Alejandro, y me dijo: "hola, mi amor". Y yo me sorprendí. Besó mi frente y se acercó a los niños que se parecían tanto a él, y no a ti, y entonces comprendí que mi vida era otra y que tú ya no eras tú. O que si eras tú, ya no estarías aquí conmigo; estarías en algún lugar del mundo siendo feliz con alguna otra chica. Y todo porque hace diez años te perdí, Alejandro, nos perdimos.
- ¡¿Hace 10 años?!- exclamé sorprendido.
- Ha pasado tanto tiempo...- dijo ella, apagándose la vitalidad de su voz y de su rostro al mismo tiempo, sumiéndose en una profunda tristeza.
Sentí que me contagiaba su abatimiento y volví a experimentar un dolor infinito, como el de anoche, cuando no podía dormir.
Me levanté angustiado de mi sitio y me acerqué a un carro estacionado frente al parque para ver mi reflejo en alguna de sus lunas. Me sorprendió sobremanera lo mucho que había envejecido. Nubes negras cubrieron el cielo, los rayos del sol dejaron de llegar al parque. Al instante empezó a llover. "Diez años", pensé. Y entonces volteé y me quedé observando a Helena, tenía la mirada baja, ensombrecida, su cabello castaño estaba empapado por la lluvia.
- Los niños que nunca tuvimos, otro hombre, otra vida...- repetía ella, como una letanía triste. Y yo sentía en sus palabras algo de canto de sirena, que me llevó a desear oscuramente la muerte.
La fuerza de la lluvia aumentó. Y vi ya sin sorpresa que todo se deshacía lentamente bajo el agua: los edificios, el parque, el monumento, los autos, los canillitas -"extra... ext... ee..."-. Y por último vi desvanecerse a Helena, y sentí la misma sensación triste de ayer frente a su casa, cuando con un beso cerró para siempre nuestra historia.
Al despertar de aquel sueño, o pesadilla, lo primero que hice fue verme al espejo. No estaba viejo como en el sueño, me tranquilicé por eso. Sin embargo, volví a sentir como iba creciendo nuevamente ese agujero metafísico alojado en mi pecho, ese espacio que antes Helena había llenado por tres años. Miré el reloj, eran las cuatro de la madrugada. Salí al balcón de mi departamento, aún estaba oscuro el cielo y el viento frío del invierno corría con el mismo ímpetu de sus más cruentos días. Sentí una pequeña gota deshacerse en mi antebrazo, alcé el rostro y dejé que la suave garúa de invierno mojara mi cara, mientras pensaba: "otra vez la lluvia".


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