Lunes, 24 de enero de
2011
El plan era juntarnos
en la esquina del barrio a las dos de la madrugada. Todos saldríamos cuando
nuestros padres se encontraran dormidos. Solíamos hacerlo siempre, cada vez que
el bicho de la juventud desaforada nos picaba, introduciéndonos esa sustancia
que conocíamos como adrenalina y que expresábamos con el aerosol. Intentando ser grafiteros, plasmábamos nuestros tags (apodos) en las paredes, ya que
después podíamos presumir quién era el más arriesgado y quién lograba pintar en
los lugares más difíciles.
Aun tengo el recuerdo
de una de esas salidas, cuando escondidos por la oscura noche y acompañados del
silencio de la madrugada comenzamos la aventura. Éramos cuatro los que habíamos
logrado salir esa noche. Caminábamos mientras dejábamos la marca de nuestra
incomprendida adolescencia en las paredes. Algunos lo hacían con miedo, otros
eran más intrépidos, pero de todas formas nos divertíamos, reíamos y nos
asustábamos cuando escuchábamos algún ruido escondido en la larga noche.
Estuvimos andando cada
vez mas lejos del barrio, hasta que vimos una pared blanca, limpia, perfecta,
nos lanzamos y empezamos a grafitearla
con alegría. Mientras acabábamos de pintar escuché las llantas de una camioneta
frenar en seco y una voz que gritó – ¡alto ahí carajo! – entonces volteamos,
era un carro de la policía con cuatro hombres dentro, en ese momento, sin
pensarlo dos veces, empezamos a correr.
Nos persiguieron con el
auto para atraparnos y nosotros dábamos vueltas
alrededor de la zona, ya que no podíamos correr en línea recta porque estábamos
en desventaja. Así que mientras el auto daba círculos en nuestra búsqueda, dos de
los cuatro policías se quedaron relegados por una de las calles para ver si
volvíamos a pasar por allí, ya que como dije antes estábamos rotando
sin poder salir del lugar.
En ese momento fue
cuando llego otro carro, una camioneta de serenazgo que se unió a la persecución.
Nosotros con las piernas ya acabadas de tantas vueltas, no podíamos más,
corríamos desiguales: adelante estaban Draeko y kash, atrás venia el gordo Zen y al medio iba yo. Allí
fue cuando comenzamos a disminuirnos, Zen dejo de correr, y cuando me di la
vuelta ya no estaba. En ese instante apareció un policía de forma sorpresiva,
como salido de la nada, sudaba,
estaba rojo y gritaba -¡no me hagan
correr mierdas o les irá peor! - estuvo
a punto de atraparme, pero hice un movimiento rápido y logré perderle.
Seguíamos corriendo, pero mis piernas temblaban de cansancio y atrás
venía la camioneta de serenazgo. No sé si me rendí o si mi físico ya no
aguantaba más, quizá fueron las dos cosas. Me lancé a un jardín que tenía un cerco de arbustos, tantos que me
cubrían, y me quedé tirado. Pensé que estaría ahí hasta que vinieran por mí, pero
paso una hora y nada. Intenté moverme para ver que sucedía, pero no pude, mis
pies estaban acalambrados. Así que me quedé echado. Paso mucho tiempo, no supe
cuanto, sólo sé que estuve allí hasta que el cielo se aclaró.
Al amanecer, adolorido, me puse a
caminar. Llegué a mi casa a las siete de la mañana, mi mamá me vio entrar
cansado, le dije que había ido a correr (y no era mentira) me tiré a descansar
en mi sillón, pensé en mis amigos: “¿qué les habría pasado?”. Estaba a punto de
abstraerme de la realidad, como suelo hacer cuando me pongo a pensar, pero
justo sonó el timbre. Salí a ver quién era. Imaginé que serían unos padres
preguntándome dónde están sus hijos, pero para mi sorpresa eran Draeko y Kash.
Les pregunté qué había pasado, si habían logrado escapar. Me dijeron que no,
que después que desaparecí, ambos se toparon con dos policías, al verlos se dejaron
atrapar. Me dijeron también que encontraron al gordo Zen en el carro de la
policía. Los llevaron a una comisaria, los castigaron con ejercicios, les
quitaron los aerosoles y Zen vomitó de cansancio. Después los dejaron ir y les
dieron un consejo: “si van a pintar, que no sea en la noche, los pueden
confundir con rateros”. Y eso fue todo. Yo me sentí muy afortunado, me libré de
aquello. Creo que tengo una especie de sentido arácnido, involuntario, que me
hace alejarme de las cosas cuando están mal. La verdad es que hasta ahora no
sé si eso es bueno ó malo.
PD1: Esto era antes que
cambiara mi vida, ahora si respeto la capa de ozono y bueno antes pensaba
diferente. Creo que tenemos derecho a cambiar. Suerte.
PD2: Segundo texto
rescatado de un blog personal desaparecido.
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