martes, 2 de agosto de 2016

ANÉCDOTA DE GRAFF

Lunes, 24 de enero de 2011

El plan era juntarnos en la esquina del barrio a las dos de la madrugada. Todos saldríamos cuando nuestros padres se encontraran dormidos. Solíamos hacerlo siempre, cada vez que el bicho de la juventud desaforada nos picaba, introduciéndonos esa sustancia que conocíamos como adrenalina y que expresábamos con el aerosol. Intentando ser grafiteros, plasmábamos nuestros tags (apodos) en las paredes, ya que después podíamos presumir quién era el más arriesgado y quién lograba pintar en los lugares más difíciles.

Aun tengo el recuerdo de una de esas salidas, cuando escondidos por la oscura noche y acompañados del silencio de la madrugada comenzamos la aventura. Éramos cuatro los que habíamos logrado salir esa noche. Caminábamos mientras dejábamos la marca de nuestra incomprendida adolescencia en las paredes. Algunos lo hacían con miedo, otros eran más intrépidos, pero de todas formas nos divertíamos, reíamos y nos asustábamos cuando escuchábamos algún ruido escondido en la larga noche.

Estuvimos andando cada vez mas lejos del barrio, hasta que vimos una pared blanca, limpia, perfecta, nos lanzamos y empezamos a grafitearla con alegría. Mientras acabábamos de pintar escuché las llantas de una camioneta frenar en seco y una voz que gritó – ¡alto ahí carajo! – entonces volteamos, era un carro de la policía con cuatro hombres dentro, en ese momento, sin pensarlo dos veces, empezamos a correr.

Nos persiguieron con el auto para atraparnos y nosotros dábamos vueltas  alrededor de la zona, ya que no podíamos correr en línea recta porque estábamos en desventaja. Así que mientras el auto daba círculos en nuestra búsqueda, dos de los cuatro policías se quedaron relegados por una de las calles para ver si volvíamos a pasar por allí, ya que como dije antes estábamos rotando sin poder salir del lugar.

En ese momento fue cuando llego otro carro, una camioneta de serenazgo que se unió a la persecución. Nosotros con las piernas ya acabadas de tantas vueltas, no podíamos más, corríamos desiguales: adelante estaban Draeko y kash,  atrás venia el gordo Zen y al medio iba yo. Allí fue cuando comenzamos a disminuirnos, Zen dejo de correr, y cuando me di la vuelta ya no estaba. En ese instante apareció un policía de forma sorpresiva, como  salido de la nada, sudaba, estaba  rojo y gritaba -¡no me hagan correr mierdas o les irá peor! -  estuvo a punto de atraparme, pero hice un movimiento rápido y logré perderle. Seguíamos corriendo,  pero  mis piernas temblaban de cansancio y atrás venía la camioneta de serenazgo. No sé si me rendí o si mi físico ya no aguantaba más, quizá fueron las dos cosas. Me lancé a un jardín que tenía un cerco de arbustos, tantos que me cubrían, y me quedé tirado. Pensé que estaría ahí hasta que vinieran por mí, pero paso una hora y nada. Intenté moverme para ver que sucedía, pero no pude, mis pies estaban acalambrados. Así que me quedé echado. Paso mucho tiempo, no supe cuanto, sólo sé que estuve allí hasta que el cielo se aclaró.

Al amanecer, adolorido, me puse a caminar. Llegué a mi casa a las siete de la mañana, mi mamá me vio entrar cansado, le dije que había ido a correr (y no era mentira) me tiré a descansar en mi sillón, pensé en mis amigos: “¿qué les habría pasado?”. Estaba a punto de abstraerme de la realidad, como suelo hacer cuando me pongo a pensar, pero justo sonó el timbre. Salí a ver quién era. Imaginé que serían unos padres preguntándome dónde están sus hijos, pero para mi sorpresa eran Draeko y Kash. Les pregunté qué había pasado, si habían logrado escapar. Me dijeron que no, que después que desaparecí, ambos se toparon con dos policías, al verlos se dejaron atrapar. Me dijeron también que encontraron al gordo Zen en el carro de la policía. Los llevaron a una comisaria, los castigaron con ejercicios, les quitaron los aerosoles y Zen vomitó de cansancio. Después los dejaron ir y les dieron un consejo: “si van a pintar, que no sea en la noche, los pueden confundir con rateros”. Y eso fue todo. Yo me sentí muy afortunado, me libré de aquello. Creo que tengo una especie de sentido arácnido, involuntario, que me hace alejarme de las cosas cuando están mal. La verdad es que hasta ahora no sé si eso es bueno ó malo.

PD1: Esto era antes que cambiara mi vida, ahora si respeto la capa de ozono y bueno antes pensaba diferente. Creo que tenemos derecho a cambiar. Suerte.


PD2: Segundo texto rescatado de un blog personal desaparecido. 

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