martes, 2 de agosto de 2016

PESADILLA LÚCIDA

                                                                    “La interpretación del sueño es la vía regia 
                                                                      hacia el conocimiento de lo inconsciente.” 
                                                                      Sigmund Freud. 
                                                                      La interpretación de los sueños(1899) 


El sol menguaba en el horizonte y las calles estaban vacías. Los edificios destruidos y abandonados tenían la apariencia de un escenario de posguerra. Pero había paz, demasiada, aunque en el sentido negativo de la palabra, pues la atmósfera de aquella urbe carecía de movimiento y vida. Era, por decirlo así, una ciudad sin alma y  en el fondo eso asustaba.

A mi lado caminaba ella pero estaba callada, tenía la mirada baja como si la hubieran regañado, lloraba sin hacer ruido, conteniendo los gemidos. Le tomé de la mano para tranquilizarla. No sabía por qué lloraba. “¿Eh? amor, cálmate, no llores, ¿qué pasa?”, le dije. Entonces descubrí en ese momento, cuando volteó a verme, que la culpa anegaba sus ojos. Y aunque no me respondió, supe que bajo la sombra de ese silencio se ocultaba una confesión nociva que no se atrevía a manifestarse y me sentí infinitamente solo. Busqué a alguien más a mí alrededor, pero no había nadie, sólo estaba ella en aquel lugar sin nombre.

De pronto todo empezó a oscurecerse y el viento frío que se precipitaba erizó mi piel, fue sobrecogedor. Y sin una razón lógica, sólo yo empecé a hundirme lentamente en el suelo que mis pies pisaban, en una especie de hoyo negro. Traté de zafarme pero no pude, estaba paralizado por el miedo. Cuando ya estaba siendo tragado hasta el cuello por la tierra, alcé la mano para pedirle ayuda a la única persona que estaba a mi lado, pero ella no se movió.

Lo último que vi fueron sus ojos, su mirada lo decía todo, se sentía culpable de mi miserable y absurdo destino, pero no hacía nada por evitarlo. Acepté que de alguna manera ella era responsable de mi tragedia y la decepción me fue ganando. Así que dejé de luchar y sentí ensombrecerse mi alma, extinguirse lentamente el fuego, apagarse poco a poco la llama, mientras desaparecía en esa tierra innominada hasta que, sudando y con lágrimas en los ojos, desperté.

Los amantes. René Magritte (1928)

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¿Eres Sunset Less? Me encanta que te haya encantado. ¿Nos seguimos por blogger? Sería agradable. :)

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